Seguro que en alguna ocasión has oído hablar de los oligoelementos. A menudo aparecen mencionados en etiquetas de alimentos, suplementos o cosméticos, pero ¿a qué nos referimos exactamente con este término?


Los oligoelementos son elementos químicos presentes en todos los seres vivos. Se encuentran en concentraciones muy pequeñas (menos de 1 mg/ kg de peso corporal). De hecho, el término “oligo” que viene del griego y significa “poca cantidad”.

Sin embargo, los oligoelementos son indispensables para el buen funcionamiento del organismo ya que actúan como cofactores enzimáticos, es decir, ayudan a las enzimas a hacer su trabajo. Las enzimas son las responsables de miles de reacciones bioquímicas: transforman los alimentos en energía, reparan tejidos, eliminan toxinas y mucho más. Sin los oligoelementos, muchas de esas enzimas quedarían “inactivas”, como si intentaras encender un coche sin batería.

Cada oligoelemento cumple una función específica: el hierro transporta oxígeno, el zinc refuerza las defensas, el yodo regula la tiroides y el selenio protege las células del estrés oxidativo. Son los pequeños engranajes invisibles de una maquinaria inmensa: tu organismo.

¿Qué sabemos actualmente sobre los oligoelementos?

El interés por los oligoelementos no es nuevo. A finales del siglo XIX, el químico y biólogo francés Gabriel Bertrand estudió sus efectos sobre el crecimiento y la salud reproductiva. Su trabajo sentó las bases de lo que hoy conocemos como oligoterapia.

Tiempo después, en 1932 el médico Jacques Menetrier, continuó las investigaciones de Bertrand y comenzó a utilizarlos con un enfoque terapéutico, convencido de que su carencia podría ocasionar desequilibrios en el organismo.

Hoy en día sabemos que los oligoelementos participan en casi todas las funciones metabólicas esenciales: desde la producción de energía hasta la síntesis de ADN, pasando por la regulación hormonal, la función inmunológica o la transmisión nerviosa. La ciencia moderna ha confirmado lo que Bertrand y Ménétrier intuyeron; aunque necesitamos cantidades ínfimas, un nivel de oligoelementos más bajo de lo normal puede ocasionar trastornos serios.

Nuestro cuerpo no puede producir los oligoelementos por sí mismo, por lo que la única forma de obtenerlos es a través de la alimentación. De ahí la importancia de una dieta equilibrada.

Oligoelementos esenciales y no esenciales

Existen más de 80 oligoelementos en la naturaleza, pero solo algunos de ellos son vitales para el organismo.

Los oligoelementos que desempeñan un papel importante en las funciones metabólicas se denominan esenciales. Hierro, zinc, cobre, manganeso, cromo, molibdeno, selenio y yodo… cuando alguno de ellos falta, el equilibrio interno se rompe. Por esta razón, tanto la Organización Mundial de la Salud (OMS) como los Institutos Nacionales de Salud (NIH), recomiendan mantener una ingesta adecuada de estos minerales a lo largo de la vida.

Además, existe otro tipo de oligoelementos llamados no esenciales que no son imprescindibles para las funciones vitales. Eso no significa que sean inútiles. Algunos, como el litio, pueden tener propiedades farmacológicas interesantes, por ejemplo, en el tratamiento de los trastornos de ánimo. Otros, como el níquel o el silicio, se estudian por sus posibles efectos sobre la salud ósea o el metabolismo, aunque su papel exacto aún no está del todo claro.

¿Para qué sirven los oligoelementos?

Los oligoelementos actúan desde varios frentes, contribuyendo al mantenimiento de la salud.

Participan en las reacciones enzimáticas

Las enzimas desencadenan miles de procesos bioquímicos que nos mantienen vivos. Pero para funcionar, muchas de ellas necesitan la presencia de un oligoelemento que actúe como cofactor. Por ejemplo, el zinc y el cobre son indispensables para el trabajo de enzimas que combaten el estrés oxidativo, mientras que el hierro forma parte de las enzimas que permiten la respiración celular y la producción de energía. Sin estos elementos, el metabolismo simplemente se ralentiza.

Participan en la síntesis y expresión de las hormonas

El equilibrio hormonal también depende de los oligoelementos. El yodo es el más conocido en este campo, ya que interviene directamente en la producción de hormonas tiroideas (T3 y T4), responsables de regular el metabolismo. El selenio, por su parte, ayuda a transformar la T4 en su forma activa (T3), y el zinc influye en la producción y acción de la insulina, hormona clave para el control de la glucosa.

En pocas palabras: sin oligoelementos, el sistema endocrino pierde su capacidad de coordinación.

Fortalecen el sistema inmunitario

Algunos oligoelementos también refuerzan las defensas del organismo. Por ejemplo, el zinc favorece la maduración de los linfocitos T (células encargadas de reconocer y eliminar patógenos), el selenio protege a las células del daño oxidativo, y el hierro es necesario para la multiplicación de las células inmunitarias. Cuando alguno de ellos escasea, las infecciones se vuelven más frecuentes y el cuerpo tarda más en recuperarse.

Son fundamentales para la síntesis de muchas proteínas

La formación de proteínas (desde el colágeno de la piel hasta las enzimas del hígado) requiere la participación de varios oligoelementos. El zinc, por ejemplo, interviene directamente en la síntesis de ADN y ARN. El cobre contribuye a la producción de colágeno y elastina, que dan firmeza y elasticidad a los tejidos.

En resumen, los oligoelementos son los pequeños grandes aliados de nuestro organismo ya que sostienen silenciosamente casi todos los procesos vitales del cuerpo humano.

Principales oligoelementos y sus funciones

  • Cobre: interviene en la síntesis de hemoglobina, necesaria para el transporte de oxígeno, y en la producción de colágeno y elastina, dos proteínas que dan firmeza y elasticidad a la piel. Además, estimula el sistema inmunitario y mantiene las funciones cognitivas y las conexiones neuronales.
  • Cromo: ayuda a regular los niveles de azúcar en sangre (glucemia). Potencia la acción de la insulina, facilitando que la glucosa entre en las células y se transforme en energía. Además, interviene en el metabolismo de las grasas y los carbohidratos. Por esta razón, se ha estudiado su papel en la prevención del síndrome metabólico y la resistencia a la insulina.
  • Cobalto: forma parte de la vitamina B12 (cianocobalamina). Esta vitamina es esencial para la producción de glóbulos rojos y el buen funcionamiento del sistema nervioso. En pequeñas cantidades, el cobalto ayuda a regular el sistema neurovegetativo y a mantener una presión arterial estable. En el ámbito clínico, los derivados del cobalto se han utilizado para combatir la anemia y la fatiga crónica, aunque siempre bajo supervisión médica.
  • Flúor: ayuda a fijar el calcio en los huesos y fortalece el esmalte dental. Un consumo equilibrado de flúor, ya sea a través del agua fluorada o de pastas dentales, es esencial para la salud bucodental, aunque su exceso puede causar fluorosis.
  • Hierro: es uno de los oligoelementos más importantes del organismo. Es fundamental para la formación de glóbulos rojos y para la síntesis de hemoglobina, la proteína que transporta el oxígeno en la sangre. También participa en la producción de neurotransmisores como la dopamina y la serotonina, que influyen en el estado de ánimo y la concentración. La falta de hierro provoca anemia y debilidad.
  • Litio: aunque no es un oligoelemento esencial, el litio despierta gran interés por sus efectos sobre el sistema nervioso. En pequeñas dosis, parece tener una función moduladora del estado de ánimo, ayudando a equilibrar los niveles de serotonina y dopamina. De hecho, sus sales se utilizan en psiquiatría para tratar trastornos bipolares, ansiedad y depresión. Se estudia también su posible papel neuroprotector frente a enfermedades degenerativas como el Alzheimer.
  • Magnesio: participa en más de 300 reacciones enzimáticas, incluyendo la formación de proteínas y la replicación de ADN. Aproximadamente la mitad de todo el magnesio que hay en nuestro cuerpo se encuentra en los huesos. El resto está en los músculos y en los tejidos blandos, donde actúa como cofactor de diferentes enzimas intracelulares. Es vital para la relajación muscular, la transmisión de impulsos nerviosos y la producción de energía.
  • Manganeso: desempeña un papel clave en la formación de tejidos conectivos (músculos, tendones, ligamentos, cartílagos y huesos). La suplementación con manganeso se utiliza a menudo para mejorar los síntomas de la alergia y los dolores articulares.
  • Molibdeno: interviene en la absorción del hierro y en los procesos de desintoxicación de compuestos nitrosados. Activa las enzimas hepáticas que degradan el alcohol, ácido úrico, etc. En términos simples, ayuda al hígado a “filtrar” las sustancias que podrían dañar el organismo.
  • Níquel: actúa como un bio-catalizador. Participa en el metabolismo de los carbohidratos y en la absorción del hierro, y ayuda a mantener la estabilidad del ADN y el ARN. Además, algunos estudios sugieren que el níquel podría contribuir a modular la respuesta al estrés, al influir sobre la acción de la adrenalina.
  • Selenio: es un antioxidante muy potente. Forma parte de enzimas como la glutatión peroxidasa, que neutraliza radicales libres y protege a las células del envejecimiento prematuro. Además, fortalece el sistema inmunitario, contribuye a la fertilidad y es esencial para el buen funcionamiento de la tiroides. Diversas investigaciones apuntan a que una adecuada ingesta de selenio podría reducir el riesgo de ciertos tipos de cáncer y proteger frente a enfermedades cardiovasculares.
  • Silicio: es fundamental para la síntesis de colágeno y elastina y por lo tanto para la regeneración de los tejidos como la piel, los huesos, los cartílagos y las uñas. Además, mantiene en buen estado los vasos sanguíneos y las articulaciones. Por eso suele incluirse en suplementos de belleza y salud articular.
  • Vanadio: regula la acción de la insulina y ayuda a controlar los niveles de azúcar en sangre. Algunos estudios experimentales sugieren que podría mejorar el metabolismo de lípidos, aunque aún se investiga su papel fisiológico exacto.
  • Yodo: indispensable para el buen funcionamiento de la glándula tiroides ya que participa en la fabricación de las hormonas tiroideas T3 (triyodotironina) y T4 (tiroxina). Estas hormonas regulan el metabolismo basal y son esenciales para la producción de energía en el organismo y para la síntesis de muchas proteínas. También influyen sobre el metabolismo de los hidratos de carbono y de los lípidos. Un aporte adecuado de yodo ayuda a prevenir el hipotiroidismo, la obesidad y la debilidad muscular. La sal yodada es la forma más práctica de cubrir las necesidades diarias.
  • Zinc: es el segundo oligoelemento más abundante en el organismo después del hierro y necesario para una gran cantidad de procesos bioquímicos. Favorece la síntesis de proteínas y ácidos nucleicos y la producción de hormonas como la testosterona. También participa en la modulación del eje hipotalámico-hipofisario que regula la respuesta ante el estrés. Además, favorece la salud del cabello y las uñas, por lo que es un componente habitual en suplementos dermatológicos.

¿Cómo obtener los oligoelementos que nuestro cuerpo necesita?

La buena noticia es que, en la mayoría de los casos, no hace falta recurrir a fórmulas complicadas para cubrir nuestras necesidades de oligoelementos. Una dieta variada y equilibrada suele ser suficiente para asegurar el suministro de estos valiosos nutrientes.

El pescado, el marisco, los huevos, los frutos secos (anacardos, avellanas, almendras) y semillas (lino, girasol, chía), son buenas fuentes de oligoelementos. También es posible recurrir a los suplementos si hay carencias.

¿A qué se debe el déficit de oligoelementos?

En circunstancias normales, el organismo obtiene los oligoelementos sin dificultad a través de la dieta. Pero ciertos hábitos alimentarios y factores ambientales pueden alterar su absorción.

  • Consumo excesivo de fibra: aunque la fibra es fundamental para la salud intestinal, en exceso puede interferir con la absorción de minerales como hierro, calcio, magnesio y zinc. Esto ocurre porque la fibra se une químicamente a los minerales, impidiendo que pasen al torrente sanguíneo.
  • Mezcla inadecuada de alimentos: algunos nutrientes compiten entre sí por los mismos mecanismos de absorción. Por ejemplo, los alimentos ricos en calcio pueden reducir la absorción de zinc y hierro si se consumen en grandes cantidades en la misma comida.
  • Estrés psicológico: el estrés sostenido provoca un aumento del cortisol, la hormona del estrés, que altera el metabolismo de varios oligoelementos (como zinc, magnesio y cobre). Además, el estrés prolongado suele ir acompañado de una dieta más pobre y menos equilibrada, lo que agrava las carencias.
  • Ingerir pequeñas cantidades de metales pesados: como plomo, mercurio o cadmio puede interferir con la utilización de los oligoelementos esenciales. Por ello, reducir la exposición ambiental (agua contaminada, humo del tabaco, ciertos pescados grandes) es una medida preventiva fundamental.

El papel de la oligoterapia

Cuando el cuerpo presenta una carencia de oligoelementos, comienzan a manifestarse alteraciones metabólicas y funcionales: cansancio persistente, baja inmunidad, dificultad para concentrarse o incluso alteraciones hormonales. En esos casos, puede recurrirse a la oligoterapia, una disciplina terapéutica que busca restablecer el equilibrio mineral del organismo.

La oligoterapia consiste en administrar pequeñas dosis de oligoelementos específicos con el fin de corregir los déficits que suelen presentarse en las etapas iniciales de la enfermedad.

Normalmente, los oligoelementos se administran por vía sublingual, es decir, bajo la lengua. Este método garantiza una rápida absorción gracias a la vascularización de la mucosa oral.

Sin embargo, la oligoterapia no debe improvisarse. Los oligoelementos, aunque naturales, pueden ser tóxicos en exceso. El hierro, por ejemplo, en dosis elevadas puede causar daño hepático; el cobre en exceso puede provocar hepatotoxicidad y trastornos gastrointestinales; y el selenio, en cantidades demasiado altas, puede generar selenosis (una intoxicación que afecta las uñas, el cabello y el sistema nervioso).

Por ello, este tipo de tratamientos deben ser siempre dirigidos por un profesional cualificado. Si se administra correctamente y respetando las dosis, la oligoterapia ayuda a recuperar el equilibrio del organismo, refuerza el sistema inmunológico y mejora la respuesta al estrés físico o emocional.